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miércoles, 4 de junio de 2014


Los años noventa son fundamentales porque, en cierto modo, nos demostró qué banda merecía el estatus de clásico en décadas pasadas y quién pasaba sólo a ser una mera moda, un estornudo o resfriado que sólo duró cuatro días. Y cuando aún se entrevista a la vieja gloria de los ochenta quejándose del daño que la industria hizo al rock en los noventa o de cómo pasó a tomar ostras francesas en París a comer bocadillos de mortadela con aceitunas en Vallecas en los noventa, es algo que me repugna. Recuerdo perfectamente una entrevista con una vieja gloria de hard rock ochentera como Jani Lane, ex-vocalista de Warrant, quejándose de lo duros que fueron los noventa. La MTV mató el arte, decía; la misma MTV que ponía su asqueroso Cherry Pie que, salvo la estupenda rubia de tarta de fresa y cuerpo cimbreante, era una canción abominable, resulta que acabó matando a su banda sólo por apostar por grupos de Seattle o la movida alternativa de las costas Este y Oeste de Estados Unidos. Cuando sale algún prócer quejándose de una época determinada en la que sus discos eran, básicamente, refritos de obras anteriores y encima sin encanto alguno echando espumarajos hacia décadas futuras, me repugna, ¿por qué? Porque, salvo cinco o seis, ninguna banda supo adaptarse a la realidad. ¿Qué fue de ese hard rock chulo y pendenciero que llegaba a comerse el mundo y, en realidad, sólo sacaron algunos dos discos y se fueron a dormir? Aceptar lo obvio es el primer paso para la madurez; y que una discográfica decidiese quedarse con Alice In Chains antes que con Cinderella o Harem Scarem era algo normal. Con esto no quiero decir que no me gusten; amo profundamente el Heartbreak Station de Cinderella o el debut de Harem Scarem; pero es que, sinceramente, eran bandas que no aportaban nada a una década que lo que necesitaba era borrar la estupidez, el talento caduco y superficial de la escena angelina. Llegó un cambio de tendencia, señores: había que derribar la música hecha por aquel entonces, y fue cuando llegaron los rockeros con pinta de gasolineros. Las melenas se fueron sustituyendo por pelos rapados y gorras; las chupas de cuero por camisas de cuadros y pantalones de chándal. Y lo más importante: se abandonó la superficialidad por el compromiso; las memeces por la disidencia y la ampulosidad por una manera de concebir la música conforme acorde a la marginalidad y al aislamiento que estaban sufriendo. Ésa fue la premisa de muchas bandas de los noventa cuando empezaron, logrando que tanto adultos como jóvenes, se sintiera identificados con un mensaje social y político. Algo que no se hacía desde los tiempos de la Contracultura



Actitud: palabra usada por todas las bandas para justificar la grandeza de los clásicos o, simplemente usada para definir su manera de entender la música y el negocio. Y si de actitud tuviesemos que hablar, no hacerlo de Faith No More, banda que ocupa esta entrada, sería un crimen. No nacieron en los noventa, de hecho, su primer disco con el errático y limitado Chuck Mosley era bastante malo. Con el segundo, cambiaron. Introduce Yourself, editado en 1987, mejoró un poco la cosa; sin embargo, tenía que llegar uno de los artistas y músicos de rock y metal más revolucionarios y complejos de los últimos treinta años: Mike Patton. Creció en una zona eminentemente suburbial de Eureka, California. Allí, a mediados de los ochenta, junto con el color neutro de viejas viviendas prefabricadas, siendo muchas de ellas de protección estatal, creció el artista, rodeado, básicamente de afroamericanos pertenecientes a bandas dedicadas a la delincuencia a pequeña escala; allí adquiriría su primer contacto con la música, pero no relacionado con el Heavy Metal o el Hard Rock: su juventud estuvo fuertemente imbuida, en un principio por Cypress Hill y Public Enemy, No obstante, pronto recibió el influjo de Black Sabbath y del rock clásico, y con Terry Spruance a la guitarra y otros pirados de la escena, formó Mr. Bungle: un grupo terriblemente complejo, delirante, esquizofrénico, que rompió los esquemas del Metal tradicional; en cierta medida, Mr Bungle era el hermano pequeño de Faith No More desbocados e hirientes, faltos de experiencia, y con la necesidad abandonar la altisonante experimentación si querían aspirar a algo. De todos modos, la vida de Patton cambió totalmente cuando Jim Martin, guitarrista de Faith No More, una vez hubieron, afortunadamente, expulsado a esa rémora llamada Chuck Mosley, se fijó en él. Literalmente no daba crédito a lo que estaba viendo, la garganta de Patton, como sucedería años después con la de Jonathan Davis de Korn, era usada como un instrumento más, para nada antitético, sino complementario, sabiendo imitar el sonido de la guitarra, el del bajo y el del bombo de la batería. Las cuerdas vocales del californiano eran un prodigio, y los años cantando hip hop en parques de su pueblo había propiciado que un chaval de apenas veintidos años, ocupase el puesto de cantante de Faith No More en 1989 con el tesón y la sabiduría de un experto. Cuando lanzaron The Real Thing, la música se encontraba en un momento especialmente delicado; había una especie de indefinición, y pese a que Seattle y el medio oeste de Norteamérica estaba empezando a gestar grupos que darían que hablar y se avecinaban vientos de cambio, el influjo del Hard Rock y el Heavy Metal todavía era demasiado fuerte en un continente que recibía muy mal los cambios, a diferencia de los ingleses.
 The Real Thing era una auténtica maravilla; fue el primer disco de Patton con Faith No More y sonaba fresco a la par que clásico, vanguardista a la vez que antiguo. El grupo era, ante todo, la confluencia de cuatro personalidades distintias que proyectaban su ideario en su música: Jim Martin, el guitarrista, era el único miembro del grupo plenamente metalero, fanático de Sabbath y Diamond Head; Billy Gould, su bajista, empezó tocando en orquestas de jazz y curtido en el funk de Marvin Gaye, James Brown o la primera época de Stevie Wonder, evolucionó hasta tocar en bandas de la new wave y de Death Metal locales, demostrando ser junto a Flea, de los Red Hot Chili Peppers, el bajista más completo de su tiempo. Y por otra parte, Mike Bordin, batería de Ozzy Osbourne en el futuro, y hombre cuya afición más extravagante era la de ensayar con una iguana en el hombro; y por último, la rara avis del grupo: Roddy Bottum. Irritable, homosexual, amante de la moda y de Madonna, Gloria Gaynor y Whitney Houston, su teclado, como le sucede a la guitarra de The Edge, no se prodiga mucho en un virtuosismo estratosférico, sino que lo suyo era sugerir, crear atmósferas mediante composiciones elegantes que, lejos de contraponerse a la rétorica musical exenta de clasicismo de la banda, ejercía de contrapeso. ¿Y qué decir de las actuaciones? Patton era audacia, cuando tocaban en Los Ángeles, en un alarde de temeridad, salía riéndose públicamente de Axl Rose y Vince Neil, algo totalmente suicida si tenemos en cuenta que Guns n Roses y Mötley Crüe eran los estandartes de una ciudad que en los ochenta era el templo del rock como lo pudo haber sido Londres en los sesenta. De todos modos, como el propio Mike dijo, no tenía ningún interés en iniciar una guerra con ambas bandas, sólo despertar el interés de una audiencia totalmente obnubilada de tanta laca y maquillaje. ¿Lo consiguió? Vaya si lo hizo. Se avecinaban ya los cambios de tendencia y estábamos en 1990, paralelamente al relanzamiento comercial de muchas bandas clásicas, cuatro bandas se erigieron como las cabezas pensantes de lo que se llamaría el rock alternativo: Soundgarden, Jane´s Addiction, Faith No More y los Pixies. De repente, todos querían ser alternativos, y discos como Ultramega OK,  Ritual de lo Habitual parecían ejercer de linea divisoria entre lo que la gente entendía por rock clásico y lo que se llamaba, erróneamente, música moderna.


Faith No More en 1990 eran unos visionarios; les llevaban una ventaja enorme a las demás bandas de su generación y su prestigio en el mundo de la música, especialmente entre sus compañeros, era ya proverbial. ¿Qué fue lo que les pasó? Fácil: había demasiado genio en un mismo barco. El caso es que en 1992 sacaron el disco más complejo de los noventa, Angel Dust. Si en la entrada de Metallica hablé de pasada de bandas que se lo jugaron todo a una carta y les salió bien, a ellos, precisamente, les pasó lo contrario. Angel Dust era tan bueno, tan rematadamente bueno y original, que muy pocos entendieron el mensaje del disco y, sobre todo, la retorcidísima forma de ser un Patton cada vez más salvaje y desatado, no sólo con su voz, sino también en directo, dejando un reguero de pólvora y tierra quemada cada vez que se se subía a un escenario, como demostró en Lisboa y en Sevilla en el año 1992, cuando alentaba al público a que le tirase toda la basura que tuviesen a mano y él se la comía, dejando en ridículo, literalmente, los conciertos de unos Guns n Roses que eran la gran atracción mundial del momento y unos Soundgarden que, con la edición de Badmotrfinger, estaban llamados a ser uno de los grandes nombres de los noventa. Los periodos de grabación del disco fueron una tortura; cada cual reclamaba para sí más protagonismo, y si en trabajos anteriores, la guitarra de Jim Martin marcaba el paso, musicalmente fue perdiendo importancia. Su estado de nervios fue tal, que protagonizó sonoras peleas con Mike Patton y Billy Gould y terminó siendo expulsado del grupo; de todos modos, lo de Martin era algo que tendría que suceder tarde o temprano. Si uno escucha el disco, podrá analizar algo totalmente programático: un disco de metal y y rock en el que el sonido de la guitarra se ve aplastado por el del bajo. Esta tendencia, que se repetiría en los primeros momentos del Nu Metal, marcó por dónde transcurriría el sonido de muchas bandas de mitad y finales de los años noventa. Como decía: unas sesiones infernales donde fue muy difícil componer debido a las ingentes presiones de un Mike Patton que, como era normal, pedía más protagonismo. Su peso en el grupo no quería sólo circunscribirse a incendiarias actuaciones en directo: quería ser un músico total.



Si 1991 fue el año mágico de la década, sin duda, 1992 se convirtió en el año en el que el viejo orden musical se iba resquebrajando poco a poco. Empezaron a salir bandas terriblemente audaces, revolucionarias en todos los sentidos; si la música antes era sólo disfrute y goce, formaciones como Rage Against The Machine, Helmet, Biohazard y Pantera -entre otros muchos-, no sólo buscaban seducir, sino convencerte de que la utopía de unos años noventa felices, de congratulación sobre la caída del Muro de Berlín o la desintegración de la Unión Soviética y la confirmación de Estados Unidos como la potencia predominante tras la Guerra del Golfo, eran meras ensoñaciones que no desmontarían la presunción histórica de que a cinco años de paz, les sobreviene diez de inestabilidad. Faith No More no asumieron ningún compromiso con nadie; su estilo, tremendamente elitista, estrambótico en ocasiones, con giros musicales imprevistos y una imagen freak, poco casaba con la iracundia de Zack de la Rocha, Tom Morello, Page Hamilton, Evan Seinfield o Phil Anselmo. Ellos, recelando de la seriedad de sus congéneres, usaban un sentido del humor extremadamente turbio y que no fue entendido salvo por unos cuántos. Ahí empezaron a perder la batalla comercial. Un álbum  difícil de asimilar cuya portada, terriblemente elegante -el cisne marcial, erguido, escoltado por un sencillo fondo azul oscuro y negro-, muy pocos supieron cómo interpretar. Las explicaciones que Bottum dio tampoco ayudaron a despejar la incógnita. Sin embargo, al poco tiempo después de ser editado, el propio Bordin comentó que la imagen de la garza en la portada, y la de la cabeza de la vaca en la contraportada colgada al lado de pollos recién desplumados, petendía reflejar el cauce musical que fluía por la cabeza de los integrantes, o cómo conseguir un contraste entre lo elegante y bello -la garza-, y lo agresivo y desesperanzador -la vaca y los pollos desplumados- La respuesta siguió sin convencer.

Una complejidad musical apabullante; una calidad sonora y una mezcla de sonidos que, rara vez se volvió a ver en los noventa. Si en los sesenta, el debut de la Velvet Underground era lo más vanguardista que existía, al igual que el Ziggy Stardust de Bowie en los setenta, ellos, sin duda, consiguieron dejar a muchas bandas de los noventa en cuanto a calidad e improvisación sonora. ¿Cómo define uno musicalmente este álbum sin caer en epítetos repetidos hasta la saciedad? Angel Dust es Hip Hop, Metal, Funk, Soul, Pop, Bossa Nova, música tribal, Groove Metal; la capacidad de los californianos de meter en un mismo disco a Aretha Franklin, Black Sabbath, Marvin Gaye, Lionel Ritchie, el Groove de Pantera o Exhorder, mas unas líneas musicales que, en muchos casos, parecían sacadas de un disco de Run Dmc que en uno de rock clásico; la creciente influencia del rap, su masificación, sobre todo, en Los Ángeles, la misma ciudad que hace cinco años antes de lanzarse este disco, se encontraba embelesada por las cabriolas de Eddie Van Halen y David Lee Roth, la incendiaria puesta en escena de Guns n Roses en el Marquee o unos Crüe que, literalmente, arrasaban y provocaban espasmos entre las mujeres, se vio sustituida por músicos que odiaban el negocio, el concepto extramusical del rock y que receleban de la interacción público - músico como si entre ellos hubiese una diferencia abismal. Faith No More sentaron las bases del metal alternativo, y su propuesta, arriesgada, marcadamente antitética respecto a lo que había sido la música hasta aquel entonces, despertó la admiración de casi todos los músicos de rock y metal.



El inicio con Land Of Sunshine, como preludio de lo que está por venir. Una letra irónica, aparentemente estúpida, en la que Mike Patton critica menudencias de la vida occidental que nosotros asumimos como mantra. Esa tierra donde brilla el sol, ironiza sobre la estupidez humana; aquélla que, lejos de buscar consuelo en el trabajo o en la lucidez de la cultura, realiza actos que sólo prueban su ignorancia. De la mano de un bajo cimbreante, un riff de guitarra sencillo de Martin y una percusión efectiva poco recargada de Bordin, los californianos, con un humor intangible, que hasta a ellos les costó explicar, critican a un ser humano mucho más pendiente de esperar ciertas cosas cuando, lo más lógico, sería ir a buscarlas. Caffeine es terriblemente perturbadura desde su inicio. Apoyándose.en un contundente riff de guitarra, seco, entrecortado, precedido por el sonido de una cuadra, Patton, cuyo estilo vocal aquí se asemejaría al de Phil Anselmo en el Vulgar Display Of Power de Pantera, lleva el timón de una composición contundente, sin más pretension que la de demostrar que, al igual que sabían hacer temas recargados, podían, sin miramiento alguno, deleitar con canciones de metal directo. Que Midlife Crisis es uno de los iconos de los noventa es algo que ya sabemos todos; que tiene uno de los videoclips más extravagantes, crípticos y extraños, también. Para muchos, fue la precursora del Nu Metal junto con Walk This Way de Aerosmith o Bring The Noise de Anthrax con Public Enemy; lo que yo puedo decir es que, de principio a fin, es una obra maestra. Orientada al hip hop con Mike demostrando, una vez más, un registro vocal alucinante y los teclados de Bottum envolventes, creando una sensación siniestra, como las películas de Alfred Hitchcock de los cincuenta de la mano de un bajo intrincado, profundo, penetrante, y un contundente ritmo de batería de Bordin mucho más cercano al de los citado Public Enemy o al de Ratos de Porao y Sepultura en el Roots -de hecho, gran parte de la percusión tribal que utilizarían los paulistas se inspiró en esta canción- y otra letra de difícil comprensión, cuyo mensaje fluctúa entre una crítica inmisericorde hacia Madonna y las crisis que les suelen venir a los hombres cuando empiezan a llegar a una cierta edad. Ya saben: canas que se tintan, querer ir a discotecas como si tuviesen diecinueve años, buscar a chicas que no sobrepasen los veinte y, en fin, toda una serie de comportamientos que, desgraciadamente, se repiten todos los fines de semana y lo único que ocasionan o son pérdidas de autoestimas o aventuras efímeras que sólo la suben mínimamente para luego sumirnos en una realidad cuanto menos, desapacible.



RV quizá sea de las más infravaloradas de los californianos cuando deja patente que si hay que hacer canciones con una estructura más clásica, ellos pueden bordarlo también. Bottum, con una melodía de piano liviana y fácil, se apoya en la poderosa y penetrante voz de Mike Patton, recordándonos, por un momento a Frank Sinatra o Dean Martin, tomando una actitud impostada de los viejos clubes de Broadway de los años cincuenta con una elegancia que contrasta con la potencia y el salvajismo controlado por los instrumentos en el momento del puente. Los californianos, grandes amantes de la música tocada en directo en los clubs, acercándose levemente al jazz y a la música blues en los delicados punteos de Martin, consiguen romper la frenética y desquiciada tónica del álbum para dar rienda suelta a un riguroso sistema compositivo que tributa a los grandes músicos del folclore americano. Tras la crudeza de Smaller and Smaller -fijaos en los gritos de Mike en el estribillo; más de uno pensará que son sólo efectos de sonido, pero los imitaba a la perfección en directo sin ningún tipo de efecto vocal-, se aviene una de mis composiciones favoritas: Everything´s Ruined. Un teclado maravilloso, una simbiosis perfecta entre un bajo y una guitarra que repiten una estructura magnífica, predominando, eso sí, el bajo, con un deje de música funk. Parodiando una famosa canción de la banda Talk Talk llamada It´s My Life, Jim Martin consigue un protagonismo que se le había negado a lo largo de casi todo el disco, sobre todo en la parte del solo de guitarra, práctico, sencillo, con una progresión de acordes que conjugan a la perfección con un estribillo en el que el protagonismo se lo reparten Patton y Bottum. Sensacional. Malpractice es el reverso tenebroso del disco en lo que a música se refiere. Con unos instrumentos que se acercan al rock industrial -no olvidemos que ese mismo año salía una obra maestra del género como el Pretty Hate Machine de Nne Inch Nails-, consiguen hacer del desquiciamiento y la desazón un arte. Experimental y rara serían los epítetos que mejor la definirían. Kindergarten, otra debilidad; bombástica, sobre todo cuando el bajo toma el protagonismo en el minuto 2:20, acompañando -una vez más-, al prodigioso tono de Patton en un compás mucho más siniestro y violento que finaliza de forma frenética; y si de estribillos prodigiosos tenemos que hablar, Be Agressive se lleva la palma. Parodiado por Manson en mOBScene, las colegialas incitando a arrasar con todo de la mano de unos teclados sacados de una película de serie B, conforma unos momentos freaks, bizarros, prueba del eclecticismo de un combo que no se resignaba a seguir un patrón y limitar su música.



Optimismo, aires renovadores, y una fuerte presencia de la música pop aportada por Bottum, se presentan en A Small Victory, quizá la composición que más desentona en el disco junto con RV, siendo temazos ambas, sin duda. Jizzlober, en medio de toda esa marisma de sonidos metálicos ensamblados, de marcados aires futuristas en la que, una vez más, vuelve a aparecer la vertiente bipolar de la banda. Crack Hitler es de una majestuosidad incontestable. Realizada en los tiempos en los que la relación entre éstos y los Red Hot Chili Peppers eran especialmente tensas, convierten el funk en una mezcla ácida y lisérgica donde el bajo de Gould se mueve a una velocidad de vértigo con una letra quemalicia, precisamente, sobre esas bandas que se creen tocadas por los dioses y que no saben que, de no haber medrado lo suficiente, rara vez habrían llegado a algo. Midnight Cowboy y la versión del Easy de Lionel Ritchie cierran el compacto. La primera, una instrumental elegante, influenciada por las películas de cine clásico y las de Chaplin y la segunda, otra de sus canciones más conocidas, desmontando un clásico del pop de los ochenta transformándolo en una canción mucho más completa instrumentalmente hablando. Y aquí acaba la crónica musical de un disco que sentó las bases del sonido alternativo. Imposible entender los tres primeros discos de Korn, Deftones o el Undertow y Aenima de Tool sin este disco, demostrando que los noventa eran el terreno idóneo para la experimentación y en la que la música se convirtió en una selva hostil, prácticamente inhabitable en algunos aspectos. Angel Dust fue elegido uno de los discos del año en 1993, y Faith No More, la banda que todos querían llevar consigo en sus giras. ¿Lo malo? Como decía antes: no todo el mundo pudo entender el concepto de un disco que precisaba de una mente totalmente limpia y preparada; no es un disco de metal o el rock al uso; eran Jazz, Pop, Hardcore, Avant-Garde, combinaban estructuras sin inmutarse, y esa indefinición supuso para ellos un arma de doble filo. La gira terminó con una tensión espectacular, una vez Jim Martin fue expulsado de la banda, Terry Spruance, amigo y compañero de Patton en Mr.Bungle, asumió la posición de guitarrista. En 1995, retornaron con King For A Day... Fool For A Lifetime, otro álbum genial, más directo y en el que no había ningún rastro de sus aclamados discos anteriores, pero el tiempo y el público mayoritario había dictado sentencia, y ese trabajo pasó prácticamente inadvertido. Lo mismo se podría decir de Album of the Year, pese a contar con un maravilloso single como Ashes To Ashes. Poco tiempo después se separarían. La historia nunca les recompensará todo lo que aportaron a la música, creando una escuela que, desgraciadamente, fue pervertida y cuya fórmula, mal aplicada por las patéticas bandas alternativas del nuevo milenio, especialmente de unos Linkin Park que afirmaban sin pudor alguno haberse sentido influenciados por este disco. Hay grupos tremendos que quedan relegados a un más que dignísimo underground, como ellos, mientras que otros, se llevan todos los honores de forma inmerecida.






8 comentarios:

  1. Discazo. El contrapunto experimental al más directo (y también básico) que precede y sin dejar de ofrecer las mismas dosis de tremenda adicción. Aprovecharon muy bien la puerta abierta por Jane's tanto estos como los Peppers, Primus y Living Colour (y Soundgarden también, aunque ya era "otro rollo") en aquellos tiempos... Pero FNM (y para mi LC de sus dos primeros álbumes) son un "algo más" para el menda. Que "Angel dust" acabara siendo multiplatino, además y por bastante promoción que le metieron, me será siempre uno de los grandes misterios de la vida esta (que, para mayor incomprensión, en el vinilo no estaba la cover de los Commodores.que te ponían con bastante frecuencia entonces ya que el auge digital todavía no regia de pleno). Entradota 21SCM y abrazo guzzero.

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  2. Pedazo de entrada. Una de las mejores bandas, no cabe duda; todavía recuerdo el conciertazo que dieron en el Monsters Of Rock del 95 en Chile. Aguantar al público metalero que buscaba con ansia la aparición de Ozzy y Megadeth, no es moco de pavo, ¿eh?

    Me encanta cómo desarrollas los textos.

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  3. Gran entrada. Si la primera me sorprendió, esta lo ha hecho aún más. El disco en cuestión del que hablas es algo que bajo mi opinión revolucionó bastante lo que viene a ser la música noventera. Veníamos de la década de los 80 donde habían salido muy buenas bandas y muy buenos trabajos y en los 90, por lo que vimos, vinieron los grandes fracasos, así que hay que saber apreciar los grandes trabajos que nos dejó esta década pese a la decadencia que vemos en muchas bandas tales como Nirvana, por ejemplo. Un gran trabajo. ¡Sigue así!

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  4. No, ni idea, asi que despues de leer esta entrada no me queda otra que echarle una oreja, tu texto lo merece y el disco sospecho lo confirmara.
    Saludos.

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  5. Veo que tienes en cuenta las peticiones. ¿O ha sido casual? La verdad es que a mi se mugre hace imposible entender que alguien intente hablar de los últimos 30 años de rock sin hablar de este grupo y de este álbum en particular. De cualquier manera celebró tu entrada sobre el mejor disco de una de mis bandas de cabecera. Aún recuerdo como casi hace explotar mi cabeza y eso que lo descubrí con dos años de retraso (cuando se editó era demasiado joven). Aunque a veces sentía que era tan complejo que me superaba, pocos discos me han hecho y hacen vibrar tanto. En su gira de reunión pude desquitarme y verlos, y a pesar de mis temores, vi que no habían perdido ni la audacia ni la mala uva de siempre.
    Gran entrada.

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  6. En su dia no preste atención a las bandas que comentas en el extenso y formidable articulo. Las apunto, las busco, las disfruto. Un saludo

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  7. ¡Pedazo de post te has currado, amigo! A la altura de una banda esencial de los 90's como fue Faith No More, aunque ese "The real thing" también es la leche. Esta banda ya es un clásico y en directo ya ni te cuento. Se salían del mapa.

    Saludos!

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  8. Tú eres el hijo del Gran Hermano de Orwell, verdad?

    Lo sabes todo.

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