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domingo, 4 de mayo de 2014

Nota del autor: esta entrada se publicó en la página web El Portal del Metal a cargo del usuario Napster, o sea, yo. Quiero decir que si veis la entrada repetida, es que he decidido ponerla aquí porque creo que resultaría interesante. Evidentemente, se citará la fuente y se os pondrá un enlace a la página original. Gracias por vuestra atención.


Y apareció. Y a lo grande. Arribó a la escena que nunca debió haber abandonado momentáneamente y lo hizo fiel a su estilo: frío, distante, forzado, disfrazando sus propias emociones a través de esas múltiples máscaras y personalidades que, desde que creo a nuestro querido Ziggy Stardust en 1972 ha ido elaborando hasta llegar a la sobriedad y el minimalismo de su última época. Ha sido una época difícil la suya. Se estuvo especulando con su muerte porque no aparecía en público. Y si uno se pone a buscar imágenes suyas, desde que sacó su último disco, en 2003, poco se ha sabido de él. Se convirtió en un aristócrata, por así decirlo: museos, vida en su mansión, vinos de Burdeos y Borgoña, una vida de recogimiento con esa espectacular modelo somalí que tiene como esposa, y poco interés en la música. Y con esa timidez que lo caracterizaba, respondía que sería incapaz de nombrar más de cinco grupos de la escena actual. Lo que en otro podía ser un ejemplo de indiferencia y arrogancia hacia los jóvenes, en él, me lo creo. David Bowie ha sido el artista más frío que he tenido la oportunidad de escuchar. Mientrasmúsicos como Mercury, Springsteen, Hendrix o Morrison eran pura pasión en el escenario, él, haciendo gala de su hieratismo y manierismo en todos los sentidos, iba cantando sus canciones, no por falta de empatía con sus fans: simplemente, desde bien pequeño, la moral victoriana confinó su carácter en la frialdad. Como si lo hubiesen educado en la nobleza inglesa.


Bowie, en un principio, no quería volver a hacer música. Estaba un poco desencantado con el negocio y hastiado. También, su extraña personalidad se iba acentuando con el paso de los años. Pasó por todo, vivió casi todo. Mató personajes, resucitó otros, y con el devenir de los años, concibió, en su cabeza, cómo podía adelantarse al futuro y llegar allí donde otros no podían llegar. Tanto él como Peter Gabriel, mientras sus coetáneos buceaban en la América profunda para tributar en sus canciones a los padres del Blues; mientras otras bandas jugaban con las texturas múltiples en las canciones haciendo rock progresivo, fruto de su pasión por Elvis, el rock, el pop, la literatura esquizofrénica de Borroughs y el teatro de Moliere, Brecht y Beckett, pensó que recursos teatrales como la mímica y el soliloquio, entendido en el ámbito musical, no se tenía por qué ceñir sólo al teatro. ¿Por qué no fusionar ambas? Y así nació Ziggy, ese estrambótico personaje de pelo tintado, con pinta de alienígena y que venía a avisarnos, a través de un mensaje aparente de la destrucción inminente de la Tierra, que el rock era pura pose y decadencia. Y ahí se enfrentó con la otra cara de la música, aquélla que no se enseña en las escuelas y que precisa de una personalidad arrolladora que, amigos suyos como Lou Reed e Iggy Pop tenían en ese momento, pero él no. Siempre le afectaron mucho de joven, nunca supo, muchas veces, cómo hacer frente a ellas. Y lo curioso es quealgunas llegaron en su época de esplendor, cuando nuestro alienígena hacía furor entre los jóvenes y millones de adolescentes se acurrucaban entre las sábanas y conciliaban el sueño bajo el embeleso que les producía pensar en ese chico andrógino que no quería sólo sexo, quería adueñarse de ti de cómo un galán de cine y poder contagiarte un mundo de sueños que se podían cumplir, pero que también podían no suceder.


Meditó cada paso y dejó el azar como algo anecdótico. Cuando mató a su alter-ego más famoso en el Hammersmith Odeon, dijo que se retiraba de la música cuando, en realidad, lo que estaba sucediendo es que ese personaje sólo había sido un experimento para él y un ensayo científico que le serviría a la hora de enfrentarse a las obviedades que derivaron del pelotazo que soltó: la soledad de la estrella, la gente que sólo te jalea en los buenos momentos y te abandona en los malos; las mujeres que sólo te quieren por ser la máscara y no el hombre detrás de ella. Muchas veces, el británico se veía a sí mismo como un hombre tímido, sencillo, retorcido a la hora de evaluarse como músico. Jugó a ser Jerry Lee Lewis en Young Americans, consiguiendo que músicos de raza y melancólicos como Buddy Guy, Lee Hooker y Ray Charles lo alabaran. En Station To Station hizo de su imagen, pálida, mortecina y apoyada en una luz indirecta, en un personaje de alguna fotografía de Witkin: Station To Station -seré muy reiterativo con Station To Station porque este disco tiene mucho de aquella época en muchas cosas- y su gira le llevaron a ser, quizá, la gran estrella de rock del momento, tanto por imagen, como por desidia y porque la belleza de ese disco reside en un corazón apergaminado por su propia deriva hacia el estuario del desencanto.


Y llegaron otra vez los días de pánico, de soledad, de sueños inconclusos y de una militancia musical que le superó. Tenía que desintoxicarse. Londres, para él, era como la capital del pecado. Necesitaba irse a una ciudad tan triste y henchida de fragmentos de corazones rotos como Berlín, el eje cultural de la vanguardia disidente de la música y el centro neurálgico de una Europa cada vez más distante y que olvidaba sus raíces y tenía en la triste y melancólica capital alemana su Edén particular. Allí, con Iggy Pop y Lou Reed, vivió días de vino y rosas en el aspecto musical gracias, sobre todo, al trabajo con Brian Eno, dos personalidades totalmente contrapuestas: si uno practicó una disidencia musical en lo concerniente al negocio como hizo Eno una vez disueltos Roxy Music, amén de un carácter cada vez más altanero y desencantado con el mundo y el negocio, encontró en ese músico acosado por la prensa y fans como era Bowie, en el complemento perfecto para la forja de la trilogía más vanguardista del rock como fueron Low, Heroes y Lodger, sin embargo, en los ochenta, si obviamos su último gran disco para mí como fue Scary Monsters, el Duque Blanco, visiblemente cansado y dejándose, como es lógico, arrullar y mecer por la simplicidad musical de los ochenta y noventa, realizó buenos discos, engendró vástagos que le deben a él mucho como Trent Reznor, Marylin Manson, Brian Molko o Brett Anderson, incluso gente totalmente alejada de él como el finado Peter Steele, de Type O Negative, y toda esa atrevida y revitalizante hornada de rock escandinavo de mediados de los 90, confesó que, sin ciertos discos de Bowie, ellos como músicos no existirían. Y artistas como Bauhaus o Sisters Of Mercy fueron otros vástagos bastardos de Ziggy en su día sólo que con un toque más oscuro y una atmósfera totalmente opresora. Los noventa fueron años de éxito comercial, de discos buenos pero ya sin arriesgar; se le notaba que estaba ya sin gasolina. ¿Qué hizo? Volver a retirarse de nuevo. Y muchos pensaron que sería definitivamente.


De todos modos, él tenía que dejar su impronta en este primer decenio del siglo XXI. Al igual que lo hicieron compañeros de su generación, con la salvedad de que él no necesitaba focos, ni polémicas, ni actos públicos: sólo su mujer, unos cuantos amigos, y poco más. Muchos dieron al camaleón del rock por muerto, o simplemente en uno de esos retiros espirituales que todos sabíamos que eran fruto de una preparación exhaustiva para su siguiente asalto, y no como un hombre que sólo se dedicaría a dilapidar su dinero y su legado. Demostró una vez más, que cuando los demás iban, él ya venía. La historia de este The Next Day es sencilla: nadie tenía que saber nada del disco hasta, al menos, dos meses antes de su lanzamiento. No se tendría que filtrar nada, o lo menos posible. Y, sobre todo, nadie tenía que molestarlo mientras pensaba en las letras, la música y en el enfoque comercial que tendría el disco. Él concibió su regreso, a diferencia de la promoción de Ziggy, donde se declaró abiertamente bisexual para promocionarlo o con Station To Station y ese famoso saludo nazi que, él vio no como la expresión de una ideología política, no; para él, era una forma torticera y quizás, un tanto sobreactuada para atraer a los focos. Y sobre la base de una postura honesta, llevó una vida de monje cisterciense y comentó a su círculo más cercano que, hasta que no tuviera la certeza de tener las mejores canciones, no lanzaría ningún disco. Y llega The Next Day, su mejor disco desde Scary Monsters. Impuso una forma de trabajar a sus músicos totalmente obsesiva: si alguno hablaba más de lo necesario, sería despedido. Y precisamente, fue un muy buen amigo suyo, que en vísperas del sesenta y seis cumpleaños del músico británico, dijo que sí, que Bowie estaba trabajando en secreto, y que él habría rechazado trabajar en él. Robert Fripp había matado la mística y la magia, pero alimentó la ilusión y la esperanza. Y, de repente, sale el disco vigesimosexto del británico, acompañado del lanzamiento de dos videoclips auspiciados por su querido productor Tony Visconti. Y el mayor elogio que se le puede hacer a este disco, es que suena como debería sonar un disco suyo en 2013: sin estridencias y sin el eterno dilema del anciano que busca desesperadamente ligar con niñas de veinte en la discoteca, como muchos compañeros suyos. O de los que se proclaman reyes del Metal y el Rock y se dedican a remasterizar discos y a anunciar que se retiran tres años, para luego decir, ¡oh, sorpesa! ¡Sacamos nuevo disco! ¡Y encabezamos un nuevo festival!

Arranca de forma triste y desnudando su alma con el tema que da título al álbum: The Next Day nos muestra, de primeras, al Bowie más melancólico y ceremonioso acompañado de una música que refleja lo que podría ser una especie de tristeza circundante a su figura, tal y como pasó con muchas canciones de las que hizo con Brian Eno como productor, donde la fama le estaba destrozando y acentuaba su lado más estrambótico, con la salvedad de que aquí convierte la melancolía en una calma tersa y atemperada por la vejez y con unas cuerdas vocales que, pese a no ser ya las de antes –no olvidemos que Bowie tiene 66 años y que desde 1969 hasta 2003 llevaba veinticinco discos de estudio y veintiséis giras hechas-, todavía mantienen la sobriedad y la elegancia del paso de los años. Lejos de sonar amplificado y retocado, pidió que su voz sonase tal y como se encontraba en ese momento: ese Bowie frío y cerebral, encuentra en este single su máxima expresión. Dirty Boys y su construcción musical retrotrae a la trilogía de Berlín: rara, con predominio de saxofones y demás instrumentos de viento que, lejos de reforzar una exuberancia musical a primera vista, lo que consigue es crear una base deliciosa y vanguardista como la de Peter Gabriel en su carrera en solitario aportando un punto de vista distinto al del ex líder de Genesis. El Duque Blanco, aquél que sólo se alimentaba de leche y droga durante finales de los setenta, gracias a unos músicos poco conocidos y talentosos –siempre hablamos de la capacidad de Ozzy como ojeador, pero muy poco de la de un David que trabajó con Ronson, Fripp, Belew y Carlos Alomar, entre otros muchos-, se alimenta de una pétrea base rítmica y un saxofón ecléctico que aúna Berlín junto con su época de crooner en Young Americans en una grandiosa interpretación vocal. The Starts (Are Out Tonight) supone otro acierto. Una estructura más orientada al pop rock con un ritmo más sencillo y rápido en el que vuelve a sobresalir la fina y estilosa guitarra y la pomposidad de la sección de viento que contrataca junto a las palmas y el ambiente asfixiante del teclado de tintes góticos que preside el disco. David suena actual, esta canción se podría haber encontrado en algunos de sus discos de los noventa, sólo que adolecían de la inspiración que sí tiene ahora.
 
Love Is Lost la podría haber firmado junto a Brian Eno, porque remite una vez más a los lamentos de la capital alemana donde trazó un concepto musical desquiciado e innovador recuperando la faceta hierática y ascética sobre la base de una guitarra que se despereza a fogonazos de la mano de un bajo incesante y fino y de un órgano que, a lo largo de todo el disco, consigue transmitir una sensación de desasosiego. Where Are We Now? Es todo un ejercicio de melancolía y de confesiones. Él, que en su momento fue cófrade de los excesos y de la inexperiencia que otorga la juventud, reflexiona de forma lúcida y kafkiana sobre lo que podría haber sido y no fue sobre un piano sencillo, unos redobles de batería marciales y un conjunto musical que se imbuye de la melancolía del británico. Valentine´s Day recupera el optimismo. Hace de ese día de los enamorados un frenesí instrumental de sus primeros años como músico –desde Space Oddity hasta Hunky Dory- en los que los músicos dejan de lado la innovación para tornarse más sencillos, cristalinos y directos en uno de los mejores temas mejores compuestos por él desde hace quince años. If You Can See Me me deja sorprendido porque recupera al Bowie de los noventa. Ya saben, el músico cincuentón que odia aquellos años y que hace como si esa década no existiera, él va y la fusiona con unos ritmos más marcados y rápidos -¿la batería suena a The Prodigy?- plagado de sonidos de sintetizadores y con reminiscencias de aquella época en la que vestía pantalones de cuero, camisetas ajustadas, pelo oxigenado e intentaba, por todos los medios, acercarse al público que alucinaba, entre otras cosas con uno de sus mejores discípulos: Trent Reznor.


Boss Of Me recupera la senda funk del ya mencionado Young Americans con unos saxofones más orientados al jazz fusión que al tradicional y con unos músicos pletóricos a los que el propio Bowie engrandece, sobre todo en la consecución de un estribillo que invita a varias escuchas. Dancing Out In The Space rejuvenece otra vez más al propio artista británico en sus ritmos conforme puso a toda una juventud británica que, exorcizada por ese alienígena que él creo en 1972, bailaba al ritmo de Sufragette City, conseguirá que muchos queramos bailar con una canción equilibrada, optimista donde el protagonismo de sintetizadores, teclados y baterías captan nuestra atención en la que Bowie, lo diré sin desmerecerlo, se le nota que el paso del tiempo ha hecho mella ligeramente en su voz. Canta totalmente descreído con ese automatismo de la gira del Station To Station, haciendo que un tema que podría haber sido de diez, se quede en un ocho y medio sólo por la falta de entusiasmo del británico. Nunca ha sido comunicativo, lo sabemos; pero éste es uno de esos temas en los que uno espera que deje esa pose teatral y distante para ser, aunque sea por un momento, apasionado. (You Will) Set The World On Fire es una de esas composiciones que uno no se espera de Bowie pero que, tarde o temprano tenían que aparecer. Un auténtico trallazo de hard rock con un riff que lo podría haber firmado cualquier banda de Rock n Roll del siglo XXI. Si habíamos viajado por los setenta, ochenta y noventa a través de sus canciones en este disco, aquí, tributa a sus compañeros de la época en la que se quiso meter en el rock duro con ese proyecto llamado Tin Machine. Aquí sí interpreta bien, canta con ganas, entonando un estribillo extraño cuya disonancia con la guitarra, lejos de sonar forzado, inyecta adrenalina mediante unos músicos que se encuentran en un estado de gracia a lo largo del plástico, como sus coristas.

 
You Feel So Lonely You Could Die trae una vez más a un artista decadente, ensimismado en su soledad y en un malditismo que él no tuvo sobre una base de batería parecida a la de Five Years acompañado de un estribillo que se sustenta en unos violines y teclados sumamente preciosos, recordándonos a un Sinatra y Elvis pero enfocándolo más hacia un modernismo o vanguardismo en el que las arrugas y el paso del tiempo, lejos de convertirse en una rémora, han conseguido que siga con su proceso de madurez, queriendo hacer un disco nuevo y fresco y no un revival de todos sus grandes éxitos. Y el cierre con Heat lo demuestra: tremendamente opresivo y desesperanzador en el que trabajos de los noventa como Heathen aparecen jalonando y salmodiando todo un collage y espectro musical en un disco donde más de cuarenta años de andadura musical se recogen en catorce canciones. ¿Cómo ser objetivo con tu artista favorito? Muy difícil. Podría haber hecho un James Hetfield y Lars Ulrich, un Paul Stanley y Gene Simmons o un Steven Tyler y decir que este trabajo iba a ser una vuelta a las raíces. Él dejó claro que no iba a vivir de lo que un día fue, sino que, este trabajo, sería otro salto adelante en su carrera, de sacarlo. Y así ha sido. Un trabajo colosal si tenemos en cuenta que lleva cuarenta y cinco años en la música y que los años no pasan en balde. Su acierto radica en no hablar ni soltar más bravatas que las necesarias. Calló, sonrió y fue honesto cuando dijo que no sabía si volvería a hacer música y si saldría de gira - quien quiera ver a Bowie hoy día ya puede coger fotos suyas e imprimirlas porque no va a hacer ni una gira de diez conciertos- porque sabía que se estaba haciendo mayor y que los setenta y ochenta –Aerosmith, Metallica, Sepultura, Roger Taylor, Brian May leed esto, por favor- quedan ya lejos. No hay mayor símbolo de honestidad en la música que saber irse. Él supo hacerlo, y eso le honra.
 

No le gustan mucho las conversaciones con la prensa. Todavía hay rastros de esa educación victoriana que mencionábamos antes y que la vejez ha remarcado y donde una vida de excesos en la que cielo e infierno se juntaron muchas veces en su vida han dejado su impronta. En el año setenta nos vendió el mundo. Al poco tiempo después nos dijo que quedaban cinco años para que éste se acabase y que iba a conquistarte para que bailases con él mientras llegaba la decadencia. A mediados de los setenta nos contó con su indiferencia habitual que la naturaleza y el viento hablaban mediante los susurros de una mujer; nos relató en 1977 que todos podíamos ser héroes por un día y reclamar para nosotros esa modernidad y minutos de fama de los que Warhol habló para hacernos bailar y despreocuparnos en los ochenta pese a vivir horas bajas. En los noventa nos enseñó no sólo las bondades de la madurez, sino también las grietas y el abismo sobre el que tanto él como muchos artistas de su generación estuvieron a punto de pisar en los complejos años noventa. Cuando vio que no podía hacer nada nuevo y bueno, se retiró a disfrutar de aquello que no pudo por la constante reinvención e invención de estilos y personajes y giras extenuantes en las que sin ser, precisamente visceral como Bruce Springsteen, siempre satisfizo. No será el de antes en la vida; y falta tampoco le hace. Me moriré sin verle cantar Space Oddity, Wild Is The Wind, Five Years, Heroes, Ashes To Ashes y muchas más que me dejo; pero al menos tendré el gozo de haberlo escuchado y disfrutar de él en todas sus épocas, sin el desconsuelo que produce ver cómo un referente para ti se arrastra por los escenarios como a algunos os ha pasado. No sabremos de él, quizá nada, pero la juventud, la gente madura y los que vivieron su tiempo, siempre verán a un hombre que se supo anticipar a todo; podrá gustar o no; pero nadie le podrá quitar el mérito de haber sido, quizá, el músico más ecléctico del siglo XX. Gracias, David, por saber cuándo venir e irte. Y por hacernos saber que al lugar donde ha sido uno feliz no debe tratar de volver y porque cuando nos marchitamos, que a ti te está pasando, -lentamente, pero te está pasando-, saber que nunca hay que entristecerse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo. Un, 8,75 para el corredor de fondo del rock. Lo ha hecho una vez más.

14 comentarios:

  1. Magnífico, Álex, magnífico. Cuando me enteré que era su último disco y que no iba a girar más, también me quedé con esa sensación de desamparado. Dirty Boys me parece una de las mejores canciones que ha hecho Bowie en siglos; impresionante. Todo el trabajo me deja satisfecha.

    Me ha encantado tu texto; muy emotivo el último párrafo.

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  2. Bowie es incombustible, un genio como pocos, capaz de reinventarse o no, reconocer joyas anteriores o innovar, pero nunca defrauda.
    Simply The Best!

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  3. Una vez mas...aplaudo tu forma de contar tus impresiones. Bowie es como una cebolla...Siempre cambiando de capas....Y a cada cual mejor. Su vuelta me cogio,,como a todo el mundo. De improviso...Me gusta bastante este ultimo disco....Pero creo que no sera el ultimo.
    un saludo.

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  4. Ángel luciferino5 de mayo de 2014, 4:58

    Gran entrada. Perfectamente documentada y que refleja que el autor conoce la obra del artista. Personalmente discrepo en lo de Scary Monsters y su último gran disco. Deduzco que no eres muy seguidor de su época noventa; pero no te deberías perder Black Tie White Noise o Heathen. Es un consejo.

    Un saludo y muy buen blog.

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  5. La verdad es que la entrada está de lujo. Sin embargo a mí el disco no me dice mucho aunque le reconozco méritos. Saludos.

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  6. me encantó este disco... será porque estábamos necesitados de Bowie? no lo sé pero aún hoy lo puedo escuchar con las mimas ganas y eso no es poco... Bowie es Bowie se podría decir...

    te dejo mi link para que veas mi canción favorita de este disco... salu2...

    http://ceaa.blogspot.com.ar/2013/04/david-bowie-next-day-lo-nuevo-luego-de.html

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  7. La verdad es que no se las veces que he escuchado este ultimo largo. La importacia musical de Bowie en el devenir de la música actual seria cuestión de un analisis profundo y meticuloso. Importancia que con artículos como este tuyo, refrenda más aun que el camaleón, como muchos otros, deberian ser inmortales por la gracia de nuestra necesidad de goce.

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  8. Perfecta definición de un disco que ha llegado a las cotas más altas del 2013. Bowie ha vuelto a lo grande, dejanado su sello en cada nota. No creo que ningún fan se haya quedado decepcionado con semejante colección de canciones.
    Por cierto, se rumorea que puede volver al estudio en pocos meses para dar continuidad a este "The next day".

    Saludos.

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  9. Tu texto es para ponerle un marco y pasar inmediatamente a escuchar la discografía completa del maestro Bowie. Frío, sí pero en la pura apariencia de las cosas detrás se esconde el volcán. Como una especie de Catherine Deneuve superviviente a cualquier fracaso.
    Saludos

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  10. Tus dos últimos párrafos son una puta maravilla.

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  11. It´s Only Rock n Roll (But I Like It)9 de mayo de 2014, 4:56

    Estoy de acuerdo con tu texto; pero creo que también te pierdes muchas cosas si no indagas más a fondo en los noventa. Aunque algo está claro: este disco de Bowie fue, de largo, el mejor del año 2013. Excelente artículo.

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  12. El jodido grande de entre los grandes. Un rey de los de antes, un galán como los clásicos, un músico impresionante. David Bowie, que siga vigente, por favor. El día que falte un gran trozo de música desaparecerá con él, pero su legado será eterno. Saludos!

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  13. Discazo y entradón, ambos ideales para una tarde de verano tranquila. Gracias Alex.

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  14. Bowie es un genio, y su último disco una joya. Me da pena no ser unos pocos años mayor y no haber disfrutado de su época dorada. Un beso!

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