Google Analytics

miércoles, 14 de mayo de 2014

Si te pones a pensar en los sitios donde has estado y la gente con la que has andado, y todas las tonterías que no debías de haber dicho, te mueres

Una frase lapidaria de un escritor que, a día de hoy, pese a que ya no impacte ni llame la atención tanto como a comienzos de los noventa, donde alcanzó su mejor época, sigue ejerciendo perfectamente su oficio. La frase que está debajo de la foto, ilustra a la perfección uno de los grandes males del hombre moderno: el temor a desagradar a los nuestros y a los que no lo son tanto. Me hace gracia cuando dicen que España ha evolucionado, que somos un país moderno y todas esas cosas. ¿Perdón? Yo no veo modernidad en ninguna parte. Que un gobierno haya legalizado el matrimonio homosexual no nos convierte en un estado moderno, ni muchísimo menos. En España, en varios aspectos sigue siendo un estado feudal, de favoritismos, de robar mientras le guiñamos un ojo al otro y le decimos que la vida funciona así. Por eso, cuando dicen que estamos en un país moderno, supongo que son los mismos que dicen que la burbuja inmobiliaria del PP no ayudó, años después, unido a la incuria y a la inutilidad de un gobierno socialista, a que esta crisis -que nos la tenemos totalmente merecida y, una vez acabada, no aprenderemos de ella-, sea más bien una historia de Lovecraft que sólo un mal trago, como nos dicen diariamente. De todos modos, cuando pienso en esta frase de Ray, me acuerdo de esa gente que se pregunta constántemente cómo podría haber sido su vida de haber hecho ciertas cosas u omitido otras. El tiempo es el mejor consejero, atenúa las pasiones y cura las heridas, y en el momento en el que uno logra, por fin, coger las riendas de su vida, cualquier juicio de valor sobre los fallos cometidos, máxime si son pertenecientes a la mocedad y a la inocencia, están de más, porque los lloros, la ansiedad, el pánico y la depresión siempre acaban pasando, y tarde o temprano siempre, de una forma u otra, acaba llegando la felicidad. Este pensamiento parece que se está perdiendo y creo que nos hemos acostumbrado ya a que la depresión y su sombra se cierna lentamente sobre nosotros, ¿me equivoco? Que ya somos incapaces, totalmente de ver por bueno todo y pensar que todo lo agradable que nos sucede es sólo por una concatenación de hechos inesperados y no porque nos lo merecemos.



La mejor cura para la depresión, aparte de estar ocupado, es sin duda, leer; y si puede ser un libro del bueno de Ray, mejor. Un gran tío. Lo admiro especialmente porque escribe bien -no es Torrente Ballester, pero lo hace bien-, sabe ser entretenido, y, lo mejor de todo: tiene un gusto exquisito para las mujeres. Como yo, vamos. Por sus brazos han pasado, entre otras, la señorita Christina Rosenvinge y la espectacular Eugenia Silva, una de las top-models más cotizadas de este país -¡y encima licenciada en Derecho!- con la que tuvo un hijo. Sin embargo, Ray seduce no sólo por la pluma o esos geniales artículos que escribe de vez en cuando -su defensa a Héroes del Silencio es genial- sobre música rock, sino también porque dista mucho de la imagen consuetudinaria que tenemos del escritor español. Loriga ni tiene esa apostura mesiánica y dócil de Marías o Muñoz Molina, la pinta de monaguillo entrado ya en años y carnes de Juan Manuel de Prada, ni la mirada de zorro viejo y héroe cansado de Reverte. Él se fraguó una identidad no sólo basada en los libros que había leído y en las historias vividas, sino que su imagen, de enfant terrible, salvaje, bohemia, como la de un Chris Cornell hispano a principios de los noventa, nacía de la pasión por el rock que nunca ocultó; especialmente de los setenta americanos; y es que si uno ve la foto que he adjuntado del madrileño, parece una estrella de rock que un escriba solitario, metódico, melancólico y obstinado en querer emular a Proust, Balzac, Kafka o Tolstoi. De hecho, su vida fue siempre un tanto anárquica. Los horarios estaban para ser impuestos y no cumplirlos, como comentó en alguna ocasion. Hijo de artistas -su padre era ilustrador, y su madre, actriz de doblaje-, creció entre discos de T.Rex, Allman Brothers, Lynyrd Skynyrd, The Rolling Stones, los Who, y ya, en los ochenta, su fascinación por Guns n Roses fue en aumento. Su debut, en 1992, con Lo Peor de Todo, fue celebrado como un pequeño gran acontecimiento por parte del mundo literario por su forma de contar historias, más cercana a la de un juglar o trovador de barra de bar pendenciero que a un prócer literario aburrido, obsesivo con la forma de escribir de los modernistas del primer tercio del siglo XX, que en lograr lo más importante: entretener. Porque el escribir, aparte de cultura, información, supone ante todo, la habilidad del escritor y la permeabilidad del lector a la hora de que ambos mundos se fundan: el del que escribe y del que lee. Leer, es, actualmente, quizá uno de los actos supremos de libertad que, a día de hoy, no se nos ha arrebatado. Y tenemos que aprovecharlo.



Y el sentido de la literatura es ése. Por eso, celebro, dentro de un límite, por supuesto, que haya novelistas menos experimentales y que tengan sólo la intención de enaltecer el noble arte de contar historias. Recuerdo una entrevista a Reverte, hecha allá por el año 1994, cuando era un novelista conocido y no el rockstar que es ahora, con motivo de la publicación de El Club Dumas, comentó que quería recuperar la literatura folletinesca del siglo XVIII y XIX -Scaramouche, El Diablo Enamorado, Rocambolé, etc.- porque decía que estaba harto de los novelistas que querían escribir como William Faulkner y que estaban más pendientes en intentar crear estructuras innovadoras y en imitar al americano que en centrarse en el papel matriz que la literatura había tenido siempre: entretener, subyugar, arrobar y hacer que el lector, por un momento, deje el mundo que habita para poder fundirse con el de los protagonistas de la novela y con el fantástico mundo que el autor propone. Cuando se puso a escribir Héroes, buscó inspiración en todos sus ídolos musicales. En un principio, pensó en titular el libro Sticky Fingers -como el archiconocido disco de los Stones-; pero consideró que el disco y tema de David Bowie, podría ilustrar perfectamente lo que quería. Mitómano por vocación y soñador por oficio, una de las premisas de esta obra fue la ensalzar al hombre joven, al chico de a pie que, recluido en una asfixiante y desmoralizadora cotidianidad, busca, los fines de semanas ese plus extra de vida que le permita saber por qué y para qué vive. Las historias de perdedores, de fracasados, de aquéllos que buscan en un fin de semana en esa chica, una aventura y la posibilidad de forjarse una personalidad totalmente distinta. Era el escritor de las personalidades contrapuestas, de una Generación X que creció, la mayoría de las veces, con la primera generación de videoconsolas, los últimos coletazos de la Guerra Fría, y, sobre todo, con esos héroes musicales que fueron cayendo en los noventa -donde el término, quizá, llegó a un momento álgido- y en los que gente como Kurt Cobain, Shannon Honn -Blind Melon-, Andre Wood -Mother Love Bone- y todo ese lumpen de gente triste, enfadada con el mundo y tremendamente sumida en una depresión proveniente de Seattle que, desencantada por el aislamiento y la abisal distancia entre dos bloques que acababan de caer y en una política interior yanqui que propiciaba, entre otras cosas ese distanciamiento entre estratos sociales. En España, quizá esto no fue tan acusado; aunque si es cierto que la heroína en los ochenta hizo estragos, tanto en La Movida como en el Rock y el Heavy; pero cuando nuestro país llegó a los noventa, básicamente, la percepción de las cosas fue cambiando, y como me contaba mi hermano, Grunges, Punks, Heavys, Alternativos y Poperos iban casi de la mano.


 Héroes narra la historia de de un chico con una vida totalmente anodina. Los días pasan,  ve que él no ha hecho nada relevante y que no tiene experiencias suficientes e historias para ser contadas. A partir de ahí, acompañado de su soledad, de los recuerdos y de las canciones que escuchaba desde pequeño, decide abandonar el espacio temporal en el que habita para crearse una identidad ficticia en un momento creado por él, donde nadie le hiera; donde el tedioso mundo de los adultos se queda en una mera anécdota y en el que las mujeres de carne y hueso quedan totalmente proscritas mediante unas musas creadas a su imagen y semejanza, en el que el rechazo, las contradicciones y las vicisitudes de una vida en pareja se convierten en algo méramente anecdótico. La obra tiene poca coherencia textual; parece una sucesión de fragmentos desparramados de forma totalmente aleatoria, sin orden ni concierto en el que sólo cobra importancia el mundo de los sueños. Éstos, imprescindibles en la vida  habitan en este libro en la figura de un chico con ínfulas de perdedor y malditismo -¿quizá el propio escritor de joven?- en el que todos nos hemos visto reflejados más de una vez en nuestra juventud. Estas ansias de destacar, de querer ser diferente, de construir a nuestro antojo, proviene, en cierta medida, de la propia mentalidad del aficionado al rock y a la literatura. A fin de cuentas, cuando se es joven, uno quiere ser el David Bowie de Ziggy Stardust, el Bruce Springsteen de Born To Run, los Stones polémicos y altaneros del Sympathy For The Devil o de Altamont, cuando los nombres de Richards y Jagger empezaron a figurar en la lista negra de todos los cuerpos y fuerzas de seguridad de estados de medio mundo; los Guns n Roses salvajes y supervivientes que vivían tirados en una calle hasta que alguien los fichó y los financió para poder grabar el Appetite For Destruction. Las historias nacen para ser contadas y para ser olvidadas; los mitos perviven por la fascinación que son capaces de ejercer; y cuando se nos relata algo, queremos siempre ser partícipes, en primera o tercera persona de forma omnisciente acerca de algo que sabemos que, a la larga, acabará siendo falseado por terceras personas, los propios actores de ésta o el efecto del tiempo. En el mito, en cambio, la mentira está ahí, pero nuestra mente, como si fuera una cámara con un gran objetivo, intenta captar y retener, a su vez, todos esos elementos que podían ser ciertos; y a partir de ahí, viene la ensoñación, la alegría, o lo que es peor: la tristeza de saber que nunca podrás ser un héroe, como el propio autor relata con una marcada resignación pero también, con los puños apretados, la insolencia y el desconsuelo de una frustración que puede ser evitable, sí, pero que precisa amor propio, lucha y garra; elementos que son difíciles de adquirir en la adolescencia y que se configuran conforme nos acercamos al peligroso estadio de la madurez.



Lo malo del tedio y de la adolescencia y la juventud muchas veces es no tener nunca un día marcado en rojo en el calendario. El aburrimiento, el tiempo libre que nosotros propiciamos, provoca que nunca saber qué hacer cuando, en realidad, el abanico es siempre amplio. La imaginación, que debería ser siempre una fiel aliada, se convierte en el peor de tus enemigos. El cambio se nos presenta muchas veces, pero ¿quién es capaz de dar carpetazo a sus recuerdos, romper con todo e iniciar una nueva existencia? Es muy difícil; y para eso, se precisa mucho entrenamiento y una voluntad obstinada que no todo el mundo tiene. Hay personas que nacen entrenadas; otros tardan una vida en prepararse para ésta. La vida es tan breve y el oficio de vivir tan largo, que cuando hay que aprenderlo, toca morirse. Muy pocos aprendemos a manejar nuestras propias desgracias, y a menudo vemos cómo no somos superar éstas, incapacitándonos para un futuro, perdiéndo cualquier instante en el que nuestras historias podrían haberse configurado de otra forma. Somos, en cierta medida héroes moribundos, cuando dejamos de vivir nuestra vida y permitimos que sean otros los que escriban nuestra historia. ¿Hay justicia poética en esto? Puede que sí, puede que no. Hay mucha gente que tiene lo que se merece, y los que tienen un hado adverso, sólo tienen el consuelo de pelear por el coraje, el orgullo y la dignidad, y aun así, les vienen golpes que no saben esquivar; no porque no sepan, sino porque no pueden. Una de las cosas que uno va aprendiendo cuando va creciendo es que, sin duda, todo lo que recuerdes sobre la época que comprenden los quince y veintitantos años, será siempre lo que anide con más rapidez en tu cabeza para instalarse así por siempre. Así que tenemos toda una vida para poder disfrutar de la juventud y arrepentirnos para siempre de ello. Sabemos que no es fácil provocar nuestro propio exilio, la soledad, dicen que trae cosas maravillosas, por supuesto: una de ellas es conocerse a sí mismo; pero tampoco hay que olvidar que también trae los recuerdos más brutales. A fin de cuentas, la mayoría de las veces sólo somos lo que la mente prefigura y recuerda; o lo que no prefigura y recuerda pero nosotros creemos que fue así, sin que muchas veces haya testigo directo de nuestras hazañas y de nuestros fracasos.



Recuerdo a la perfección una historia de Mark Knopfler contada al poco tiempo de empezar con Dire Straits. Su debut había sido un éxito, y muchas veces le preguntaron, cuando empezó a hacer canciones como Tunnel Of LoveLady Writer o la preciosísima Romeo And Juliet, cómo hacía para componer esas canciones. Nacían del dolor, contaba, y también de la propia imaginación. A Mark le gustaba una chica, pero sabía que era demasiado tímido como para iniciar una conversación con ella, sobre todo, cuando los circunloquios son necesarios y él tenía escasa oratoria. Por eso, cuando se acostaba, se ponía a pensar en cómo seducir a esa chica, en qué circunstancias lo haría, y cómo sería la vida con ella. Sus propios recuerdos, alimentados ante un eventual fracaso, recuerdan bastante a los del protagonista de la novela. Él, sólo quiere que la chica rubia se fije en él, como hizo Marianne Faithfull con Mick Jagger, Pattie Ann Boyd con Eric Clapton o Anita Pallenberg con Brian Jones. A fin de cuentas, cuando se es adolescents, las ganas de impresionar a las chicas es algo inherente; todos queremos ser héroes, villanos, según nos convenga para captar su atención. Necesitamos siempre el cortejo, saber más de ellas cuando muchas veces sólo se obtiene indiferencia, repulsa o rechazo y aun así, persistimos. El libro no tiene, por así decirlo, una estructura convencional; como he mencionado anteriormente, parece un puzzle de más de mil piezas que nosotros, con nuestra mente y con los cinco sentidos puestos en el libro, tenemos que saber encajar. Guardando un estrecho parentesco con Rayuela de Cortázar, los fragmentos se pueden leer de forma independiente, sin que el orden de los factores altere mínimamente el producto. Esto puede explicar cómo se conforma el caos en uno mismo. La distribución heterodoxa de los capítulos no es más que el caos de su protagonista y el tuyo propio. ¿Si tuvieras que explicar qué hay dentro de tu corazón, te costaría que las palabras salieran con coherencia, verdad? Héroes parte de esa idea y finaliza con ella: la soledad como prurito y también sobre la valentía del que, tras muchos golpes recibidos, decide comenzar una nueva vida donde él lleve su timón, momento en el que uno abandona lo que pudo haber sido para convertirse en aquello en lo que se va a convertir, lo desee o no. Muchas veces nos creemos corriendo una prueba de velocidad cuando, en realidad, somos todos fondistas; y la vida no es nada más que una prueba de resistencia.
Ray escribiría con el tiempo cosas mejores. Se ganó una muy buena reputación como columnista. Éstos siempre han seguido una tendencia lineal y continuista, pero reflejaba la madurez de un escritor al que el cenáculo literario criticó precisamente por ser sólo un joven que quería agitar el panorama literario hablando de forma infantil y hacia un público poco exigente sobre sucesos de la vida de otras personas que los clásicos o ellos ya habían hecho en su día, quizá, sin tanto éxito y gancho. Como guionista de cine, también alcanzaría un reputado nombre; pero lo que destacaría de él, es que consiguió hacer de este libro el caudal necesario para que los jóvenes reclamaran para si mismos en sus vidas el control, y no la injerencia de los adultos en ésta. Consagró a su autor, lo puso en el disparadero, su mensaje tácito de que las revoluciones en este mundo siempre empiezan haciendo una en uno mismo, caló hondo, supuso una especie de epifanía en su día, y es que, cuando eres un chico desorientado, se te presentan, aunque tú no lo sepas, más de cien mil caminos por descubrir. En la forma de narrar, se asemeja mucho al estilo de una road movie norteamericana. Nunca ha escondido  lo mucho que le han seducido películas como Asesinos NatosFaster Pussycat Easy Rider. Eso, unido a su querencia por el siempre controvertido novelista norteamericano Raymond Carver, lo acercó, en su día, aunque sólo fuese de forma superficial o ignota, a los novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Rara vez negó no ser seguidor de la Generación Beat, entendiéndose por ésta no sólo Kerouac, sino que los textos de Ginsberg o el llamado cut-up de William Borroughs marcaron au adolescencia lectora. Hay mucha americanización en la forma de escribir de Ray, no sólo por la presencia de elementos de la cultura anglosajona -las referencias a Bowie, Dylan, Jagger, las películas americanas-, sino también por la forma en la que incluye los elementos de su tradición en las novelas pertenecientes a su primera época. De todos modos, son cada vez más los que opinan que su narrativa aún no se ha explorado lo suficiente. Quizá Loriga podría haber sido más grande si hubiese superado, a través de sus personajes, ese pequeño síndrome de Holden Caulfield que se suele repetir un poco y que debería considerarse o un rango estilístico o símbolo de una juventud no superada. Lo que nadie podrá negarle es que, obviando su imagen de chico malo o tipo duro, ahí se esconde un escritor entretenido y maduro. Y si no, leed Lo que la piel no dice Tokio ya no nos quiere. Maravilloso, tremendo, emotivo; nuestro 'Hank Moody' español. Y recordad que cualquier hombre, puede tener a la chica que quiere porque hay cosas que nos obligan a manchar nuestra piel e integridad moral: un presagio, una idea, una certeza, y esas mujeres cuyas lenguas obligan, compelen, embelesan y cautivan y nos acaban conquistando.



13 comentarios:

  1. Joder, menudo textazo, vas a hacer que vaya a la librería y me lo compre. De él sólo leí Tokyo ya no nos quiere y me encantó, como El Hombre que inventó Manhattan. Qué guapo era de joven y qué pintica de malo.

    Un beso ^^

    ResponderEliminar
  2. Grandioso texto, Álex. Ciertamente, Ray fue un ídolo para muchos en los noventa. Coincido contigo en que su look ayudó en sectores extrínsecos al literario, pero dentro de éste, se le trató bastante mal. Por cierto, si no lo has leído, te recomiendo de él Trífero. Te encantará. Un saludo

    ResponderEliminar
  3. Gran entrada! Tal como relatas creo que muchos nos veremos reflejados el Héroes. A mi ya me ha picado el gusanillo así que me haré con el en cuanto pueda. Recomendaciones como estas no se pueden dejar pasar. Un placer como siempre leer tus entradas. Un saludo

    ResponderEliminar
  4. La verdad es que ya casi no leo libros de ficcion...Llevo tiempo centrado en libros sobre cine...y esporadicamente en musica..Tambien estoy ocupado escribiendo mi primera novela...Tras mucho tiempo escribiendo relatos cortos.....Pero me han entrado muchas ganas de leer este que comentas...Me pasare por la biblio a ver si lo encuentro.Un saludo.

    ResponderEliminar
  5. Zappa Plays Zappa14 de mayo de 2014, 13:20

    Magnífico; aunque te digo una cosa: como guionista es mejor. Carne Trémula es genial. Buen texto.

    ResponderEliminar
  6. Detective Marlowe15 de mayo de 2014, 6:06

    Pasada de emtrada. Siempre me moló el Loriga. Recuerdo con mucho cariño éste y Trífero. Un saludo.

    ResponderEliminar
  7. Recuerdo cuando escuche hablar de Loriga, pero no sé, siempre me pareció ficticio eso de la generación X y no se por que, metía a Fray en el mismo saco que podía meter a Dover, por lo que decidí no cruzar nuestros caminos. ¿craso error?, maybe, I don't know. Otro que me apunto para la habitación de las segundas oportunidades, aunque en este caso, será la primera.

    ResponderEliminar
  8. Un gusto leerte. No sabía que fueses fan de Loriga; te imaginaba con otro perfil de lector. Por cierto, ¿por qué no le ponéis música al blog o más adornos? Es un consejo. Saludos.

    ResponderEliminar
  9. Por Dios, haz una reseña de Tokio ya no nos quiere, que es lo mejor que ha escrito este hombre. Un saludo.

    ResponderEliminar
  10. Muy buena entrada. De él me leí Tokio ya no nos quiere. Una pena que Ray sea tan inconstante y que vaya de niño bonito y rebelde todavía. Aun podría hacer muy buenos libros. Saludos.

    ResponderEliminar
  11. No he leído nada suyo.
    Ahora tengo muchas ganas de leer este libro.
    Voy a ver si lo pillo.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  12. Y si.
    Estar ocupado ayuda.
    Y los antidepresivos también.

    Suerte.

    ResponderEliminar
  13. Lo bueno de Ray Loriga es que introdujo la cultura moderna en la literatura española. Me refiero a una cultura no libresca, inmersa en el rock no y sometida a la pleitesía de los viejos maestros. Parece mentira que llegará aquí tan tarde cuando esta modernidad nació con la nueva literatura norteamericana de la generación beat en los 50. Tras él, dejando al lado todo lo que tiene de impostura este movimiento, surgieron una serie de escritores como los de la Generación Nocilla que vieron el camino despejado y abierto.
    Saludos

    ResponderEliminar